Le dijo que se lo pensara dos veces,
antes de actuar, piensa, recapacita. Pero le aseguró que iba a hacerlo pensándolo
dos y pensándolo una vez, le hizo creer que valia la pena luchar por ello. Las cartas
estaban sobre la mesa, sabía que algo ocurriría, para bien o para mal esa noche
era decisiva. Y empezó a creer que era verdad, que realmente lo estaba haciendo
bien, hacía lo correcto. Qué sentimiento tan desagradable la envolvió después,
algo que ningún ser humano le había hecho sentir antes. Se desvaneció. Se hizo
pequeña, inservible, perdió su valor. Sus esperanzas destrozadas en añicos la
rodeaban. Todo había vuelto a ser tan inútil. Pero no, no era su culpa, lo
había intentado y lo había intentado más fuerte. Has hecho todo lo posible, se
dijo, le tocaba a él y no ha jugado bien. Cegado, desperdició la oportunidad,
no arriesgó, aun sabiendo que era lo que debía hacer. Y ahora, ahora ya nada
volverá a estar bien, demasiada mierda de por medio, demasiado rencor,
demasiado orgullo, pero ante todo, demasiadas palabras sin decir.